miércoles, 1 de marzo de 2017

El derecho al rebuzno

EL DERECHO AL REBUZNO

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No existe, en castellano cervantino, otro animal con mayor número de nombres que lo definan que el asno; asno, borrico, rucio, jumento, pollino… y aún más son las acepciones y sinónimos de este mamífero cuando lo utilizamos para definir a ciertas personas; torpe, necio, ignorante, inculto, rudo, adoquín, tonto, imbécil, idiota, zote, zopenco, zoquete… Sea quizás que el asno no se revuelve y no puede sentirse insultado, porque sin duda pecamos de ofensa al comparar al animal con esas personas. Pero es tal la impronta del pollino que incluso un pueblo peninsular lo utiliza como insignia, aunque se me ocurran otros que lo llevarían a mayor deshonra del jumento.
Tienen por costumbre los rucios rebuznar cuando no toca, pero cualquiera que haya conocido a uno sabrá de lo improbable que será convencerle de que no lo haga, exista o no depredador a la vista. De la misma forma, los incontinentes verbales, los necios, y sobre todo, los que carecen de razón certera, abren la boca más de lo deseable. Pero no es éste, fundamento válido para prohibir el uso de la palabra, aunque deseemos, a veces, vivir en un vagón del silencio.

Viene todo esto a cuenta del autobús naranja de marras, sí, el de Hazte Oír, y la polvareda que ha levantado. Nos guste o no, en estos momentos los diseñadores de la campaña se están frotando las manos porque hasta un sinsustancia como yo les dedico un post. Objetivo conseguido. Pero además de la victoria buscada, colateralmente han logrado otra aún más importante, mostrarse cómo víctimas de la intransigencia de los otros  ante su parroquia. Se agarran a la libertad de expresión aunque nadie les ha pedido cárcel, quizás por tener un autobús y no una cuenta de Twitter. Y en mi modesta opinión, hemos vuelto a salir derrotadas.

El autobús es una respuesta a la campaña de Chrysallis que buscaba abrir el debate social sobre una realidad oculta. Una realidad que se ha tratado de enmascarar, de cubrir históricamente. Hasta ayer, la transexualidad era considerada una patología y se bombardeaba a la sociedad con esa “verdad”. Han sido décadas de luchas, de discusiones, de discursos, los que han logrado que se avance en el reconocimiento de la diversidad, pero no nos podemos engañar, falta mucho para que ese reconocimiento arraigue realmente en la sociedad. Hace falta profundizar en el debate, hacérselo llegar a todas las personas. La propia asociación Chrysallis así lo afirmaba con su acertada campaña, y Hazte Oír ha recogido el guante. Desde el extremo más reaccionario, desde las posiciones más retrógradas, y por eso mismo no deberíamos temerles, porque la razón es nuestra. ¿Quieren discutir? Pues discutamos. Poseemos los argumentos. Venceremos. Pero tratar de evitar que rebuznen es una tarea imposible.


El autobús naranja no es una novedad, no han inventado nada. Ayer cuando vi las primeras imágenes no pude evitar sonreír, me acordé de otra campaña con autobuses en la City londinense de hace unos años. En aquel momento una asociación ultracatólica había colocado una campaña en los autobuses que decía “Cuando venga el Hijo del hombre ¿Encontrará fe sobre la tierra? (Lucas 18:8)” y se dirigía a una página web con contenidos religiosos en los que explícitamente se amenazaba a otros ciudadanos por sus convicciones personales. Ante esa campaña se respondió desde colectivo ateos con otra similar en la que se decía “Probablemente no hay Dios, deja de preocuparte y disfruta la vida” Cada uno podrá hacer su propia valoración, pero aquellos autobuses ateos pusieron en el centro del debate la necesidad de estados laicos, ¿Hubiera ocurrido lo mismo si los ateos ingleses se hubieran limitado a exigir la retirada de la campaña ultracatólica?