lunes, 23 de mayo de 2016

No fue Dios

NO FUE DIOS

            La Historia la escriben los vencedores, aunque quien gana hoy pueda perder mañana. Eso hace que la Historia sea cambiante como cambiante son los gobiernos, las culturas e incluso las religiones. De un mismo acto hay decenas de lecturas, de interpretaciones, y de silencios que es la forma más efectiva de reescribir la Historia, pues lo que no se recoge, lo que no se habla no existe, ni existió. Y así generamos el estado de opinión actual, y nos convencen y nos convencemos de que británicos y yankees libraron a Europa del nazismo, de que Makhno jamás existió,  o de que los Zares eran buenas personas según las películas Disney.

            En esa línea hay que entender por tanto algunas argumentaciones historicistas utilizadas por la xenofobia y la islamofobia imperante en Europa y que nos avergüenza a muchas ciudadanas de ésta península asiática. Acicateada por el estado de perpetuo terror en el que nos mantienen con periódicos atentados y aprovechando el miedo al diferente que siempre anida en el ser humano, llevamos años alimentando ese odio a los nacidos en el Magreb, en los países árabes, y el resto de habitantes de estados de mayoría musulmana. Pero no quisiera centrarme en exclusiva en ese racismo y xenofobia que está recorriendo Europa, sino en una de las argumentaciones que se están utilizando para justificar dicho racismo y xenofobia.

            De un tiempo a esta parte, y aprovechando el río revuelto en el que vivimos, tengo que escuchar día sí y día también, que mis derechos, mis libertades devienen de forma directa de la tradición judeo-cristiana, mucho más liberal que las culturas islámicas. No, no me lo estoy inventando, basta con escuchar a miembros de la derecha rancia española y europea en general. Y no, lo siento, no comulgo con ruedas de molino.

            Las diferencias de credo entre las dos grandes religiones monoteístas (Cristianismo y Islamismo) y la tercera, mucho menos numerosa (el Judaísmo no llega a 30 millones de fieles en todo el mundo) son mucho menores de lo que el dogmatismo y el fanatismo religioso nos han querido hacer ver a lo largo de la historia y de decenas de Gerras Santas. Por cierto que la última Cruzada católica tiene menos de un siglo y la firmó un gallego bajito en suelo peninsular. Es en la Biblia y no en el Corán o en la Torah donde cualquiera puede encontrar frases del tipo; "Una mujer debe aprender en silencio y completa sumisión", "si rechazas mis mandamientos y odias mis leyes comerás la carne de tus propios hijos e hijas" o "si dos hombres duermen juntos, ambos deberán ser asesinados" Y tampoco se puede alegar que el cumplimiento de los preceptos manifestados en dicho libro hayan sido históricamente más laxas en el cristianismo que en las otras religiones. No hace tanto que en la España posterior a la Cruzada fascista se exigía el duelo y el luto, no era difícil ver pañuelos negros en las cabezas de las mujeres.


            La libertad, la discutible libertad europea, no ha surgido de la “bondad” de la Iglesia Católica, ni del Cristianismo en general, sino de arrancar esos derechos de las manos del clero y la religión en grandes revoluciones y luchas, no sin antes pagar con la sangre del pueblo. No fue Dios quien nos ha dado nada, sino el pueblo quien ha arrancado cada derecho con sangre, sudor y lágrimas, y será el pueblo el que defienda esos derechos contra cualquier intento de devolvernos a la oscuridad. No podemos combatir una religión con otra, sino que hay que acabar con la influencia de la religión, sea cual sea, en la vida comunitaria, en la educación, en la política. La religión, en todo caso, ha de quedar reducida al espacio de la libertad individual y del ámbito privado. Y sobre todo, no podemos permitir que la religión se apropie de la historia a través de sus credos y de la política conservadora, rancia y xenófoba.