martes, 31 de mayo de 2016

Hablando claro, ¡Nos roban!

HABLANDO CLARO, ¡NOS ROBAN!

Como cada primavera nos hemos puesto manos a la obra para hacer nuestra propuesta de reforma fiscal. Frente a planteamientos electoralistas que nos hablan de bajar impuestos sin una reflexión en su conjunto, y que en realidad siempre termina siendo una subida encubierta de los impuestos más regresivos como el IVA, que suponen una recarga impositiva a las clases populares y con menores ingresos. Nosotras abogamos por la necesidad de redistribuir la riqueza y eso requiere, entre otras cosas, recuperar el peso del Impuesto sobre beneficios a las empresas, y aumentar el peso recaudatorio sobre las grandes fortunas.
No es mi intención dar una chapa filosófica sobre fiscalidad, pero si algún día somos capaces de que la ciudadanía sea consciente de que toda política y todo desarrollo social pasa por hablar de fiscalidad (al menos mientras mantengamos un modelo social basado en la existencia de estados) ese día podremos decir que la sociedad está preparada de verdad para hablar de gobernarse a si misma. Ese día, y sólo ese, podremos plantearnos un verdadero proceso participativo a la hora de hacer los presupuestos de las instituciones. Porque no se trata tan sólo de decidir en qué nos gastamos los cuartos, que también, sino que todas tenemos que decidir de dónde sacamos esos cuartos.
Es conversación típica de taberna decir que a todos nos duele pagar impuestos, pero eso cambiaría en buena manera si entre todas decidiéramos cómo, cuánto y de dónde han de salir los impuestos, y después también pudiéramos decidir a qué lo vamos a dedicar. Y es que aquí vale esa frase que nos repetían nuestras madres cuando nos daban “la paga” el sábado y el domingo ya no teníamos nada. “Cuando sepas lo que cuesta ganarlo no lo gastarás con esa alegría”.
El caso es que, aunque en la teoría somos muchas las que coincidimos en cómo debería dibujarse un modelo impositivo realmente progresivo, redistributivo y social, a la hora de implementarlo, además de la resistencia que encontramos por parte de las fuerzas y clases conservadoras, nos hallamos y topamos con obstáculos de todo tipo. Amenazas veladas o no, de deslocalizaciones y descapitalizaciones por parte de las grandes fortunas y los poderosos, y los paraísos fiscales nacen como setas en otoño.
Son estos paraísos fiscales el mejor ejemplo del robo continuado al que somos sometidos. Robo doble, primero por la descapitalización que supone trasladar las plusvalías arrancadas a la clase trabajadora a otro Estado, y después porque también nos roban cuando esa acumulación de riqueza ni siquiera revierte vía impositiva en el conjunto de la sociedad que la ha producido.
Se nos dice entonces que todos estamos muy preocupados por la existencia de los paraísos fiscales, que hay que terminar con su existencia, y que para ello es imprescindible crear una legislación global que lo regule. En realidad es un discurso falso y mentiroso que busca dos objetivos principales, primero dar una falsa sensación de que realmente se quiere acabar con esta práctica de latrocinio pero que la dificultad técnica es tal que resultará prácticamente imposible (Habría que poner de acuerdo a todos los países, incluidos aquellos que dependen precisamente de la existencia de esos paraísos fiscales) y por otra parte, hacernos entender que cuánta mayor sea la presión fiscal en nuestros territorios más fuerza daremos a esos paraísos y que por tanto, el camino es ir hacia una armonización fiscal a nivel planetario rebajando por tanto la presión fiscal a nivel mundial, pero ojo, sólo a las clases burguesas y capitalistas.

Yo, sin embargo, soy de la opinión de que para solucionar un problema no se puede atacar los síntomas sino que hay que ir a la raíz. (Definición de radical) Por tanto, para mí, la solución no está en atacar los paraísos fiscales, sino en perseguir a la persona que acumula el capital. Soy de la creencia de que el único camino para acabar con la existencia de esos paraísos fiscales hay que ser mucho más expeditivos en nuestras políticas. Creo que el único camino es que toda aquella persona que se demuestre que mantiene más de un diez por ciento de su fortuna fuera de las fronteras de la Unión Europea le sean expropiadas todas sus propiedades y todo su capital en suelo europeo, y él mismo sea expulsado, desterrado. Aun así, seguramente habrá un reducido número de grandes capitalistas que preferirán abandonarlo todo, familia, amigos y raíces e irse a vivir a uno de esos paraísos junto a su fortuna, seguro, pero serán los menos, porque no nos engañemos, una cosa es defraudar, robar y mandar el dinero a las Bahamas y otra muy distinta vivir allí, lejos de los círculos de poder.

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