viernes, 27 de mayo de 2016

el chochero de mis bragas

EL “CHOCHERO” DE MIS BRAGAS
           
Supongo que el título de este post te habrá desconcertado un poco, o quizás no, quien sabe, sin embargo estás leyéndolo y por tanto, se supone que tienes interés en saber cómo termina este desvarío, así que empezaré por el principio que es por donde empiezan todas las historias que merecen ser contadas.

Tengo la suerte de conocer a una de esas personas indispensables, luchadoras y dispuestas siempre a presentar batalla, y además compartir con ella militancia política. Una de las pocas personas a las que admiro de verdad, lo que viene a ser un referente a pesar de que no ocupe, de momento, ningún cargo relevante en ésta nuestra sociedad. Nos conocemos desde hace bastante tiempo, y desde el primer día hemos sido de mantener discusiones eternas, altisonantes y enconadas, pero todas ellas, o la gran mayoría, han terminado con una sonrisa y un continuará. Generalmente compartimos los diagnósticos de situación, e incluso las metas y objetivos finales, sin embargo discrepamos, y mucho, sobre el tránsito entre la salida y el fin. Podríamos decir que somos como dos cualesquiera fuerzas de izquierda aglutinadora disgregada, coincidimos en todas las luchas, detrás de todas las pancartas, pero no confluiremos por los matices que nos separan. Enemigos íntimos.

El caso es que ayer volvíamos a discutir por enésima vez, (quizás hayan pasado algunos días más, pero desde que soy padre comprendo mejor a Einstein) y discutíamos a raíz de una iniciativa parlamentaria en Gasteiz para protocolizar el apoyo a niños y niñas transexuales en las aulas. No transcribiré aquí toda la discusión, por no aburrir más de lo imprescindible, pero digamos que la cuestión principal era por qué debemos etiquetarlo todo. Es tal el gusto que mostramos por ese etiquetado, y por la concreción que queremos poner en el mismo que, finalmente, siempre nos dejamos a algo o a alguien fuera, aunque la etiqueta que hagamos tenga más tela que la tanga que nos pusimos por la mañana.

Estoy convencido, o cada vez me convenzo más, de que padecemos algo así como una anormalfobia. Todo lo que no podemos comprender, lo que se escapa de nuestro espacio vital lo catalogamos como potencialmente peligroso y fuera de la normalidad imperante. Por suerte, avanzamos, no gracias a las mentes retrógradas, conservadoras o meapilas, pero algo vamos avanzando, y vamos asumiendo que la sociedad es amplia y diversa, tan diversa como personas sobreviven en este barco a la deriva llamado Tierra. Pero con la diversidad nos ocurre como con el infinito, términos inabarcables que son imposibles de interpretar para nuestros limitados cerebros, y entonces optamos por, una vez reconocida una diversidad, etiquetarla y atraerla a nuestra normalidad. Hablamos entonces de igualdad, cuando en realidad lo que perseguimos es asimilar y uniformar.

Todo esto salió en nuestra discusión, porque ahora parece que empezamos a asumir que existen niños con vulva y niñas con pene, lo cual está muy bien pero a mí me sigue llevando al mismo conflicto, legalizamos una nueva etiqueta, la acercamos a nuestra normalización, asumimos esa realidad y la incluimos en nuestro mundo pero, ¿Qué ocurre con quienes a aun así no pueden ser etiquetados? Pues que los mandamos al limbo de la anormalidad, una anormalidad extrema porque en el pensamiento colectivo anida la idea de que cuanto más ensanchamos nuestra normatividad dando cabida a mayor diversidad, quien se mantiene fuera de la norma tiene que ser raro/a de coj…

Y entonces, como siempre, llega mi desbarre definitivo, ¿tengo que tener una razón para vestir como me apetezca hacerlo? ¿Tengo que dar explicaciones de algún tipo si me apetece ponerme un día de calor una minifalda, o si quiero lucir pantorrilla en tacones? ¿Tengo que asumir alguna etiqueta previa? ¿Tengo que ser homosexual, o transexual o sentirme incómodo con mi masculinidad, o qué hace falta? Me resulta tan absurdo como catalogar la ropa en función del sexo o el género, sobre todo si tenemos en cuenta que toda la ropa, tanto la catalogada como masculina como la femenina están diseñadas para los hombres. La masculina pensando en la comodidad del hombre, la femenina pensando en las fantasías masculinas (en su gran mayoría) Y así, una con dos dedos de frente, puede comprender por qué el chochero de mis bragas no cumple la función para la que fue colocado.


Muy recomendable leer; A los fabricantes de bragas