viernes, 2 de junio de 2017

Machistas anonimos

MACHISTAS ANONIMOS



De todos los sacramentos católicos hay uno que creo útil, la confesión. No así el perdón final, y mucho menos la penitencia religiosa, pero sí el hecho de la confesión. El poder desahogar toda la mierda que vamos acumulando sobre una persona a la que no ves, no conoces. Es un alivio repentino. Quizás ese sea el motivo primigenio que me empujó a escribir desde temprana edad, confesarme. Y hoy lo necesito, me siento tremendamente sucio.
Todas las mañanas hago el mismo recorrido, la misma rutina, la misma cara y los mismos bostezos. Subo al autobús en el último barrio de Gasteiz, cerca de Donostialdea y recorro las calles hasta llegar al centro neurálgico de esta ciudad. Me bajo junto al Corte Inglés, y de allí voy andando hasta el bar donde me gusta desayunar mientras leo un periódico ¡de papel! Y del bar al despacho. Unos 800 metros andando. La mayoría de los días las calles están desiertas a estas horas, apenas me cruzo con una o dos personas en un trayecto que a cualquier hora diurna aparece atestado de repartidores, caminantes, trabajadoras, consumidores, pero que a las 7 es reino del personal de limpieza. Sin embargo, los viernes son diferentes.
El viernes es la prórroga de la fiesta estudiantil del jueves, y eso se nota en las calles. Restos de bebidas, alguna vomitona y los rezagados caminando entre eses, gritos y chanzas hacia sus casas. Supongo que el viernes estará vacía la universidad, pienso a veces. Y los miro con la insana envidia de quien ya peina canas y la noche la duerme en lugar de beberla a grandes sorbos. Pero hoy no, hoy me he sentido incómodo y vulgar, y he maldecido mi falta de agallas.
Me cruzaron mis pasos con una cuadrilla. 5 chicos, 1 chica. Reían. Uno de los amigos saltaba sobre la espalda de otro mientras le ponía un katxi vacío en la cabeza. Otros dos discutían acaloradamente aunque sus palabras resultaban inteligibles para un profano en lengua de trapo. Y el otro, el otro llevaba una rama de árbol en la mano y “bromeaba” con introducírsela a la chica desde la espalda. Ella reflejaba el hartazgo, el asco, la impotencia en su cara. El resto ni le prestaba atención, y ella no paraba de gritar al chico que parara. Y yo, yo no he hecho nada. Agaché la cabeza y seguí caminando entre las primeras gotas de una tormenta que no termina de arrancar. Podría poner mil escusas, eran 5, estaban borrachos. Pero no, no hice nada. Y sobre aquella imagen se han superpuesto miles de juventud, ¿Cuántas veces me comporté cómo ese chaval? ¿Cuántas lo hago sin darme cuenta? ¿Cuántas más me quedo callado?
La entrada al bar no ha mejorado la situación. Al fondo, en las mesas está desayunando una cuadrilla de trabajadores. Llevan viniendo toda la semana, supongo que para alguna reforma de fachada de las que se están haciendo en la zona. Frente a ellos, en la barra, está desayunando una mujer de mediana edad. Es atractiva, y luce un vestido escueto que permite observar unas bonitas piernas. Del grupo de machos cazadores no dejan de lanzar dardos. Se la ve incómoda. Esta vez, me digo, no me voy a quedar callado y empiezo a cruzar el local a zancadas dispuesto a enmendarles la plana a los trabajadores. Sin embargo ella toma su cortado de un trago rápido y abandona el bar y yo, yo me callo nuevamente. Y vuelvo a verme lanzando “piropos”, haciendo inspecciones visuales, dándome un poco más de asco.
Ya de camino al despacho pienso que no ha sido del todo malo, ha servido para verme en el espejo, y me he reconocido en un ente desfigurado. No todo está perdido, para cambiar algo es imprescindible saber que merece ser cambiado. Y reflexiono si no sería interesante un espacio dónde encontrarnos. Como esas reuniones de alcohólicos anónimos. Donde tomemos la palabra y nos contemos unos a otros nuestros errores. Que sirvamos de espejo de nosotros mismos y veamos nuestros monstruos a tamaño real. Porque no son “otros”, somos todos, en mayor o menor medida. Porque yo no lo haría, sino que lo hice, lo hago y lo haré si no soy consciente de mí mismo.

Quiero pensar que mejoro, pero pasan los años, y yo desaparezco. El cambio es lento y somos millones pisando a millones. Miro una pequeña foto en la cartera. Es la sonrisa de mi hijo. 2 años. Quizás no todo esté perdido, pienso. Y me entierro entre informes para preparar la siguiente comisión.