lunes, 16 de noviembre de 2015

Tengo miedo

TENGO MIEDO

            Sí, he de reconocerlo, los gobiernos lo han conseguido, han inoculado en mí el virus del terror y vivo asustado, temeroso. A mis 42 años siento que emocionalmente vuelvo a tener 9 o 10. Años de guerra fría, de conflictos entre Irán e Irak, Líbano, El Salvador, Nicaragua, Afganistán, todos ellos con el aliento de las Superpotencias que es como se llamaban entonces a los USA y la URSS. Y bailando sobre nuestras cabezas miles de otras cabezas, estas nucleares que sabíamos que podían acabar con la vida del planeta, 10, 20, 30 veces. Veíamos en la televisión el proyecto “La Guerra de las Galaxias” y no era una película, sino algo mucho más macabro. Hablaban de escudos antimisiles, de laser. Y yo, al contrario que muchos o la mayoría de mis compañeros de clase, no iba a dormir pensando en el partido de futbito del recreo sino que lo hacía esperando que esa noche ni a Reagan ni a Brezhnev se le ocurriese apretar el botoncito.

            Pues bien, enhorabuena, ya vivo en el terror, no con el miedo a que un descerebrado se llene el cuerpo de Goma2 y volemos en pedacitos, eso puede ocurrir, no lo niego, pero no me quita el sueño, el miedo me lo dan una retahíla de gobernantes con bolsillos que ven en la guerra su negocio y el de cuantos de las guerras hallan su lucro. Y aún más miedo me dan las masas aborregadas que piden sangre desde la comodidad de su sillón, quizá desde la pantalla de un ordenador y que se imaginan la guerra en Technicolor. (Para los muy jóvenes, el Technicolor era lo más de lo más en calidad cinematográfica cuando el cine bélico sobre la II Guerra Mundial lo copaba todo) Esa misma gente que no sufre, ni se santigua, ni cambia la foto de su perfil cuando masacran a la población siria, palestina, eritrea, afgana, somalí,... por que en el fondo, piensan, son así, son inferiores, gente que siempre está en guerra, o simplemente, algo habrán hecho. Y lo piensas porque en tu país no oyes los disparos, pero tú alimentas esas guerras, con armas, con soldados, con aviones.

            Sí, estoy acojonado por que veo a los borregos preparados, aunque todavía les pilla lejos, y veo un mundo acelerado hacia la guerra constante con el beneplácito de las masas, y veo que cuando quieran despertar será tarde, y de nada valdrá un “os lo dije”.  

            Estoy asustado, sí, mucho. Por que sé que los que alientan las guerras rara vez morirán en una. Por que las victimas siempre caen del mismo lado, sean estas musulmanas, cristianas o ateas, siempre serán  pobres. Hijos de pobres los que morirán en el frente, y pobres los que serán masacrados por las bombas lanzadas desde una consola.

            Me asusta la guerra, sí, y me asustas tú que la justificas. La guerra nunca es justa, nunca es santa, la guerra es guerra, y tiene banda sonora de artilleria, y brazos, y piernas, y muerte, y llantos y sangre, mucha sangre. Dices que ellos atacaron primero, y mira, no tengo fuerzas para discutirlo y sobre todo no quiero descubrir de quien será el último golpe. Todo boxeador termina noqueado. Y por cierto, aunque desde tu sillón ya lo hayas olvidado, yo lo tengo muy presente, aún sigue existiendo aquel botoncito que a mi me robó ingenuidad y que espero no me robe nada más. 


            El hombre va a la guerra con ingenuidad, creyendo en grandes gestas, en honor y gloria, y vuelve muerto, tullido, escarmentado y desengañado, quizás con alguna medalla para gloria de un coleccionista, pero los que ganan, los vencedores, esos no habrán disparado una sola bala.