viernes, 13 de noviembre de 2015

Los chantajistas

LOS CHANTAJISTAS

            Espero tenga a bien disculpar mi atrevimiento Vuecencia, que no interrumpa sus sueños mi diatriba, y sepa de mi humildad, de mi sumisa resignación ante sus eminentes designios que han de marcar mi futuro, mi vida y posición. Usted, oh grande entre los grandes, ha tenido a bien admitir a este pobre incauto en su organización, y seré el último mono, en silencio, viendo pasar mi jornada de ocho horas legales y las que usted tenga a bien ordenar de prórroga. Levantaré con mi sudor su imperio y seré feliz con las migajas. Asumiré con resignación cuando mi presencia no sea ya de su agrado y decida con una graciosa patada liberarse de mi ingrata presencia.

            Sepa Vuecencia de mi indignación siempre que escucho, veo o leo críticas a su misericordiosa labor de dar empleo a la plebe necesitada, compuesta mayormente de vagos y maleantes, desagradecidos que hablan de justicia y reparto de riqueza, sin tener en consideración sus desvelos  por ver que los ceros de su cuenta no ascienden tan rápido como usted desearía. Y qué decir de las instituciones públicas, siempre pensando en desangrarle con impuestos que se llevan un 7% de sus escuetos beneficios, y se quejan de que los proteja con el dominio de las artes de elusión y fraude que la Divinidad tuvo a bien otorgarle. A usted, prócer insustituible para esta nuestra comunidad.

            Vergüenza ajena siento cuando al político de turno se le ocurre exigirle compromiso alguno a cambio de las míseras ayudas que le otorgan, mientras entregan cientos de euros a pobres que no tienen dónde caerse muertos y que deslucen nuestras ciudades y pueblos. Y se atreven a llamarle chantajista porque busque lo mejor para sus beneficios, y ello le requiera cerrar plantas aquí para abrirlas en otro lugar donde los trabajadores demuestren mayor respeto por usted y donde los políticos sepan su lugar y ofrezcan sus prebendas.  


            Pero soy optimista, y espero sinceramente que el TTIP llegue a buen puerto, que los Estados se echen a un lado, y que usted y sus pares gobiernen sin interferencias molestas, sin controles absurdos por parte de eso que llaman Democracia y que no es sino la capacidad de injerencia de una plebe molesta y de sus supuestos derechos, derechos que no son productivos, ni le producen a usted, Oh gran Prócer, ningún beneficio. Usted que se desvive por amasar fortuna ¿Qué ha de importarle un ciento de nuevos parados? ¿Y quién somos los nadie para poner condiciones y exigencias a usted, prelado del Dios Dinero?