viernes, 20 de enero de 2017

Holocausto Trumpnival

HOLOCAUSTO TRUMPNIVAL
                                                                      
            Queridos amigüitos, hoy es el día. Todos los astros confluirán a la hora señalada, en el lugar indicado, y veréis cuatro jinetes salir al son del acordeón del nuevo César, mientras se desatan las siete plagas, la tierra se abre y lenguas de fuego caen del cielo. El olor a azufre lo impregnará todo, y sabréis entonces, queridas amigas, que vuestro fin está cerca. ¡Arrepentíos ahora o sufrid para siempre! Pues cuando escuchéis las Trumpetas será tarde. Hoy es el día del apocalipsis, hoy es el día en el que invisten a Trump en la metrópoli imperial.
            Trump, ese bocazas de piel zanahoria y paja por cabellera. Multimillonario aunque menos. Amigo del monstruoso masha siberiano. El del ático dorado. El misógino racista. Hoy, a las 12, hora imperial, tomará posesión de su cargo para ser el cuadragésimo quinto (45º) presidente de los Estados Unidos de América y ahí se terminará todo. Lástima.
            Será el final de una época de paz y prosperidad como jamás haya conocido el ser humano. Sin guerras, sin amenazas nucleares, sin pobreza ni desigualdad, sin racismo. Será el fin de “la Era” con mayúsculas. Y eso acojona, lo reconozco. Con Trump volverá todo lo malo del mundo y olvidaremos los éxitos de sus predecesores. No recordaremos Irak, Libia, Siria. Ni a Allende, ni la Contra nicaragüense, ni Vietnam. Añoraremos la guerra de las galaxias. La de Reagan, que las de Lucas siempre vuelven a casa por Navidad. Nos olvidaremos de aquel primer presidente negro que le precedió y con el que terminaron los crímenes racistas de la policía. Hoy a las 12 horas será el fin del mundo y a mí me pillará currando.
¡Vaya por Dios! Al menos podían haber tenido la deferencia de hacer la investidura en domingo, con los centros comerciales abiertos y tal. Y la pregunta siguiente es saber a qué hora declarará la Guerra, la grande, la con mayúsculas, esa que nadie quiere. Motivo por el que durante los últimos años se han aumentado los gastos militares en todo el mundo, para evitarla. Cómo para evitarla están muriendo, solos y sin ayuda, diplomáticos rusos, y se llenan de tanques las fronteras orientales de Europa.
Trump es  lucifer, luzbel, belcebú, el maligno, el leviatán, satán, el demonio, el diablo, y aquí huele a azufre que dijera el digno comandante en el estrado de las Naciones Unidas, después de hablar el Santo Bush. Y todavía no ha empezado su mandato y yo ya echo en falta a Nikita khrushchev aunque sea políticamente incorrecto hablar de la URSS.

Sea como fuere, está claro que Trump no puede ser santo de la devoción de nadie, pero yo, ¡qué queréis que os diga! No me siento ni más ni menos intranquilo. Que el mundo se va a la mierda no es algo que no sepamos todas aquellas personas que estamos decididas a cambiarlo. Y para quienes quieren seguir por estos derroteros el verdadero riesgo son los buenos, aquellos que luchan toda una vida y son imprescindibles. Trump no es sino el resultado de un cocktail explosivo que ellos mismos han preparado. Al igual que Hitler lo fue de su tiempo. Y ya lo dijo Durruti, para acabar con el fascismo hay que derrotar a la burguesía. Pero bueno, qué voy a saber yo si soy parte de esa inmensa minoría que no tiene voz, porque hace tiempo que nos la han robado.