lunes, 13 de julio de 2015

Revolucionarios de salón

REVOLUCIONARIOS DE SALÓN
(Colina 626) 
             Cuenta la leyenda que aquella era una guerra justa, si es que alguna vez existió justicia en la muerte del pueblo. Pero sí, dicen que era justa porque al menos, en aquella guerra, en uno de los bandos, el pueblo decidía sobre su sangre derramada. Quizá por ello la llamaron “La última guerra por la libertad”, y por el resultado quizá también fue la última derrota.

            Como toda leyenda que se precie, ésta también está plagada de gestas, de héroes, de mentiras y medias verdades que enmascaran la verdad y le dan su halo de epopeya. Pero al tiempo también sirve de enseñanza, y aprendizaje para quienes no la vivimos y sólo la revivimos en las batallitas de nuestros mayores, en la tradición oral, en las noches sin luz y televisión, si usted tiene la fortuna de vivir alguna noche así.

            De todas las historias que en mi vida he escuchado, aquella que enganchó mi moldeable imaginación infantil fue la toma de la Colina 626. A sus faldas llegaron cuatro batallones de curtidos dinamiteros del carbón, de ferroviarios, de metalurgicos, y sindicalistas varios, entre todos y todas sumaban 1000 almas, más de 7000 litros de sangre trabajadora. La colina era una mínima elevación del terreno en un terreno llano como la palma de mi mano, y desde aquella atalaya dos nidos de ametralladoras asesinas controlaban el único paso del Río que partía en dos aquella meseta, llana, seca y sin sombra tras la siega. No había en lo alto soldados suficientes para recoger y doblar la bandera de la Plaza Colón de Madrid, y no se esperaba que el asesino mandara refuerzos, de forma que los aguerridos guerreros se apostaron rodeando la Colina, y rápidamente levantaron campamento y amplia tienda central de mando dónde asambleariamente se reunieron los representantes de todas las secciones para dilucidar el plan de batalla.

            Abrieron la asamblea los representantes sindicales por ser el mayor número. Dieron lectura a un comunicado del alto mando en el que se conminaba a tomar la Colina a la mayor brevedad para afianzar el paso. Seguidamente, y tras hacer una lectura fiel de la situación concluían que un asalto frontal significaría la muerte de cientos de milicianos por la posición privilegiada de las ametralladoras y la falta de parapetos en el ascenso, por lo cual abogaban por el diálogo con los sitiados para lograr una rendición pacífica y sin victimas. -¡¿Dialogo?! ¡Jamás!- gritaron al unísono dinamiteros, ferroviarios y metalúrgicos. –La sangre derramada de tantos compañeros exige una respuesta. Debemos tomar la Colina por la fuerza y sin hacer prisioneros- Sin embargo poco tardaron en salir voces dubitativas. –Aunque quizás el ataque frontal no sea la mejor solución, habría que apostar por ataques coordinados desde diferentes puntos, y hacerlo en oleadas- lanzaron los ferroviarios, a lo que los metalúrgicos respondieron estar de acuerdo siempre que la primera oleada, que a todas luces sería la que menos probabilidades de éxito tendría, la compusieran quienes habían hecho la propuesta. En ese momento los ferroviarios, creyendo que los metalúrgicos estaban intentando diezmarlos para lograr un mayor poder a futuro, mostraron su indignación y se levantaron de la mesa antes de escuchar la expeditiva propuesta de los dinamiteros quienes, basando su estrategia en su experiencia en las minas, propusieron volar la colina provocando las risas de sus compañeros. Ofendidos los dinamiteros siguieron el mismo camino de los ferroviarios. Por su parte metalúrgicos y sindicalistas viendo diezmadas sus fuerzas con la ausencia de las dos secciones anteriores decidieron dar por finalizada la reunión y convocar una nueva asamblea para el día siguiente en la que intentarían limar asperezas. El sol empezaba a descender cuando la Gran Tienda quedaba vacía.

            La noche era larga y, como toda noche que se precie, oscura, y en ella los pensamientos fluyen y entre los batallones se abrieron debates, se calentaron bocas, se alzaron voces, y al alba todo había cambiado. Los sindicalistas habían optado por intentarlo y abandonaron la disciplina del grupo, ascendieron la Colina con la intención de negociar, pero nadie les volvió a ver bajar, aunque hay quien dice que terminada la Guerra a algunos de ellos se les pudo ver ocupando Ministerio, Cartera y vehículo negro. Los dinamiteros no habían estado parados tampoco y habían minado la base completa de la Colina y la hicieron estallar al tiempo que los primeros rayos de sol iluminaban las columnas de metalúrgicos que caían  desangrados por las explosiones intentando alcanzar infructuosamente una cima a la que jamás llegarían. Los ferroviarios, sintiéndose traicionados por sus otrora compañeros de batalla se atrincheraron en sus ideales y dispararon a todo quien se moviera, -¡Traición!- Gritaban mientras disparaban.

            Y así, dos años más tarde en todos los libros de texto podían leerse loas a los valientes guerreros de la Colina 626, capaces de defender una Colina sin gastar una bala. No fue necesario, ya que su fe hizo que Dios mismo bajase del Cielo y crease el caos en el enemigo. Por su parte, 70 años después, ferroviarios, metalúrgicos, dinamiteros y sindicalistas aún guardan recuerdo, odio y rencilla por aquel episodio y escriben tweets flamígeros para acabar con ese recuerdo, hablan de generar hegemonías, hablan de ser puros, y no olvidan, no olvidan que todos somos traidores potenciales. Y así, las Colinas siguen plácidas, relucientes en sus lugares.


            Para tanta pureza no tengo ya paciencia y el hartazgo es tal, que hoy es el día en el que me da tanta pereza leer críticas inteligentes, mordaces y sesudas sobre cómo la izquierda traiciona a diario sus ideales, y cómo unos y otras abandonan el barco a la menor incoherencia, escribiendo grandes Catilinarias desde el salón. Y mientras esto hacen, mientras dicen que la izquierda política no existe, que las urnas no sirven, no veo yo asambleas hablando de revolución, no veo planes para asaltar el poder, ni siquiera en la CNT, que, con voz baja menta la Huelga General, pero tampoco plantea nada más allá de la protesta. Yo también estoy de acuerdo, el cambio no llegará de las urnas, pero me niego a quedarme sentado, escribiendo, hablando y protestando. Con incoherencias y sin ellas prefiero hacer poco y mal, que nada perfecto, porque una cosa tengo claro, el enemigo está en la Colina, no es el compañero que está a mi lado.